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Angie Millán  | Profesional en Sociología, gestora en diseño y desarrollo de proyectos educativos de la Fundación Santa Isabel. | 2019/07/26

Para grandes proyectos, ¡Un gran asesor!

Si buscamos un lugar aislado para reflexionar acerca de las situaciones de la vida diaria, notamos que es imposible permanecer en silencio, pues todo el tiempo en nuestra mente ocurren un sinfín de diálogos internos a través de los cuales examinamos lo que nos ocurre para decidir qué hacer y cómo actuar. Son los momentos más complejos y retadores de la vida los que, en mayor parte, estimulan un flujo incontrolable de palabras y pensamientos negativos cuyos efectos en nuestra salud y desempeño diario pueden resultar catastróficos al conducirnos a tomar malas decisiones, sumamente perjudiciales para nuestros proyectos de vida.

Considerando la importancia de nuestro diálogo interno, vale la pena preocuparnos por hacer de las palabras e imágenes que usamos para comunicarnos con nosotros mismos, poderosos aliados para alcanzar nuestros sueños.

A medida que la vida avanza, las decisiones a las que nos enfrentamos son cada vez más complejas. Especialmente en los momentos de tránsito de una etapa a otra de la vida, nos encontramos cara a cara con experiencias completamente distintas y desconocidas que invaden nuestra mente de palabras y pensamientos que, de no controlarlos, podrían conducirnos a tomar decisiones capaces de impactar negativamente nuestros proyectos de vida.

Se trata de una voz interna, que siempre está presente, pero habla con más fuerza en los momentos decisivos de la vida, opera como una especie de asesor interno con el que a diario conversamos acerca de las situaciones que experimentamos. “Cuando algo nos preocupa, atormenta o nos excita solemos recurrir a él para solucionar problemas, comprender, buscar alternativas, orientar la mente y pedir consejo antes de tomar cualquier decisión” (Bermúdez, 2016).

Con él construimos esa voz, o diálogo interno que no es más que la suma de palabras y recursos visuales e imaginarios que usamos para comunicarnos con nosotros mismos (Castellanos, 2014, pág. 27). Práctica que, contrario a las creencias populares, no es producto de la locura, sino un hábito normal y sumamente importante, que nos permite autorregular el pensamiento y la conducta, preparar nuestro discurso y construir nuestra historia, identidad, visión del mundo y relaciones (Bermúdez, 2016).

Así es, los constantes diálogos de nuestro asesor interno, nos ayudan a construir nuestra historia, en tanto nos permiten recordar e interpretar los eventos del pasado; evaluar los acontecimientos del presente, anticiparnos al futuro y simular nuevas experiencias a nuestro antojo. También, nos ayudan a consolidar nuestra identidad, ya que facilitan el proceso de determinar qué nos gusta y qué no, quiénes somos y quiénes queremos ser ante las diferentes circunstancias de la vida, principalmente porque nuestra identidad está constituida por las palabras e imágenes que conformamos a partir de los comentarios que otros nos hacen y de la retroalimentación que hacemos de nuestro propio desempeño (Vaz, 2015).

Por otra parte, estos diálogos internos configuran la manera en que percibimos y comprendemos lo que nos rodea, ya que nuestra visión del mundo depende enormemente de las palabras e imágenes que usamos para comunicarnos con nosotros mismos (Castellanos, Hidalgo, & Yoldi, 2016). Igualmente, ayudan a construir nuestras relaciones, pues a través de nuestros diálogos examinamos las acciones de los demás con relación a nosotros, definimos nuestra percepción y expectativas de ellos y actuamos en consecuencia.

Es evidente entonces que las palabras que usamos para comunicarnos internamente tienen un impacto enorme en la manera en que percibimos y como nos relacionamos con nuestro entorno y con nosotros mismos. No obstante, nuestra forma de pensar y de ver el mundo no son las únicas afectadas, las palabras que usamos para conformar este diálogo, son capaces de evocar y acentuar ciertas emociones que tienen un impacto particular en nosotros. Estas emociones se traducen en una serie de síntomas físicos y psicológicos que, de acuerdo a la emoción, “puede alertarnos para bien o para mal de la situación para decidir qué hacer o en qué pensar” (Castellanos, 2014, pág. 40). 

Cuando nos enfrentamos a una situación que valoramos como negativa, por ejemplo, experimentamos dolor y nos invaden pensamientos de incapacidad. Por el contrario, valorar situaciones con palabras que detonan emociones positivas como alegría, esperanza o gratitud, llevan a disminuir la actividad en el cerebro, provocando que los niveles de tensión muscular, de concentración de la hormona del estrés, el ritmo cardiaco y respiratorio desciendan considerablemente. De esta manera, las poblaciones neuronales del sistema asociado al placer se activan, aumentando nuestra concentración y conduciéndonos a realizar nuestras actividades más rápido y sin errores (Castellanos, Hidalgo, & Yoldi, 2016).

Entonces, es posible notar que esas palabras y pensamientos se quedan en nuestra mente y generan efectos considerables en nuestras actividades de la vida cotidiana, pues nos pueden conducir, bien sea a adquirir el impulso necesario para lograr nuestros proyectos o a tener un mal desempeño, a tomar malas decisiones, y hasta quitarnos la esperanza y la confianza en nosotros mismos, al punto de privarnos de hacer actividades y experimentar situaciones que pueden llegar a ser positivas y productivas. 

En este sentido, de acuerdo con Castellanos et al. (2016), podemos construir dos tipos de diálogos: el límitante y el constructivo. El diálogo limitante, conformado por palabras e imágenes negativas que nos llevan a tomar malas decisiones y por tanto perjudican nuestros proyectos. Se trata de un diálogo desmotivador que evoca emociones como miedo, enojo, frustración y tristeza; cerrado a aceptar evidencia objetiva y limitado a su perspectiva única, nos conduce, bien sea, a la pasividad (a paralizarnos ante situaciones que nos retan); o a producir acciones desmesuradas movidas por nuestras emociones.

Construimos este tipo de diálogo cuando, ante una situación que nos reta, nos comunicamos con nosotros mismos haciendo uso de expresiones como ¡Eres incapaz! ¡Todo va a salir mal! ¡No sirves para nada! ¡Cualquiera es mejor que tú! Posteriormente, nos invaden emociones como miedo, ira e inseguridad, que en últimas nos conducen a no presentarnos al concurso de canto al que nos inscribimos meses atrás, a no presentar el examen de admisión de la Universidad o a angustiarnos tanto durante una importante presentación al punto de tener un mal desempeño, pese a habernos preparado con anterioridad.

Los asesores internos con los que solemos construir este tipo de diálogo pueden ser de cuatro clases: fatalista, adulador, impulsivo y negligente. El asesor fatalista es aquel que usa palabras autodestructivas y pesimistas para comunicarse. Vive haciendo una crítica exacerbada y posee una percepción catastrófica de sí mismo y de lo que le rodea, llevando a la persona a quien asesora a asumir una actitud apática y desesperanzada, a preferir no actuar para evitar situaciones que pueden ocasionarle dolor y vergüenza.

El asesor adulador, por su parte, se enfoca en alabar y justificar todo lo que hace la persona a quien asesora. Es poco autocrítico y posee una visión limitada que lo lleva a culpar a otros o a su contexto de todo lo que le ocurre. Esto conduce a que las personas asesoradas bajo este esquema pierdan la conciencia de la realidad y mientras se quejan de todo a su alrededor o se dedican a exaltar excesivamente sus cualidades, se niegan a reconocer sus limitaciones y a hacer algo para superarlas.

El asesor impulsivo es poco reflexivo, no reparará mucho en las consecuencias de sus actos y motivará a su asesorado a actuar movido por las emociones del momento,  respondiendo descontroladamente ante cualquier situación que le parezca ofensiva o amenazante. Finalmente, en cuanto al asesor negligente, es aquel que se enfoca en lo fácil y divertido. Tiene dificultades estableciendo prioridades y se rinde fácilmente ante el primer obstáculo, pues siempre optará por las actividades que le demanden menos esfuerzo y que le generen mayor gratificación y placer inmediatos.

En segundo lugar, podemos hacer referencia a un diálogo constructivo, caracterizado por el uso de palabras o imágenes inspiradoras que impactan positivamente nuestros proyectos de vida y nos llevan a tomar buenas decisiones. Este tipo de diálogo, lo conformamos cuando tenemos un asesor ideal, el cual se nutre de datos y opiniones externas, permitiéndonos aceptar nuestras cualidades y debilidades sin caer en los extremos de la adulación y la crítica destructiva. Las palabras con las que se configura este tipo de diálogo son las que “posibilitan el cuidado interno y externo, sobre todo cuando cometemos alguna equivocación o sentimos que no llegamos a las exigencias que la vida o los demás nos han adjudicado” (Castellanos, Hidalgo, & Yoldi, 2016, pág. 169). 

Es fundamental entonces, considerando que esta voz en nuestra cabeza va a acompañarnos por el resto de nuestras vidas, identificar si el tipo de asesor que nos aconseja en los momentos retadores es un asesor ideal y por tanto el diálogo que manejamos es de tipo constructivo. De tratarse de uno de los cuatro asesores limitantes, es importante disciplinar a nuestro asesor, para que deje de comportarse como un obstáculo y se convierta en un aliado que nos motive a conseguir lo que nos proponemos. Para ello, es importante tener en cuenta los siguientes cinco pasos: 1) Identificar el tipo de variable a la que te estás enfrentando para elegir como debes actuar; 2) Evaluar la información que tu asesor te proporciona; 3) Confrontar a tu asesor interno; 4)  Asumir el mando; 5) Entrenar a tu asesor.

 

1. Identificar el tipo de variable a la que te estás enfrentando
 

Es necesario reconocer que en la vida existen dos tipos de variables: 1) las controlables, llamadas así porque están bajo nuestro dominio y dependen únicamente de nosotros, como nuestras decisiones, emociones, pensamientos y palabras. 2) Las incontrolables, que son de origen externo y se escapan a nuestro control como las situaciones producto del azar, los fenómenos naturales, las acciones de otras personas. Pese a que no podamos hacer nada para ejercer dominio sobre ellas, debemos conocerlas y analizarlas para identificar de qué forma y qué tipo de acciones podemos generar para minimizar sus efectos.

Al identificar a qué tipo de variable nos enfrentamos es posible determinar ¿con qué contamos para resolver la situación? ¿qué nos hace falta? ¿qué está bajo nuestro control y qué no? para así diseñar una estrategia que nos permita elegir la mejor manera de actuar. En ese sentido, si nuestra preocupación es cumplir una invitación en un prestigioso restaurante por miedo a ser discriminados, no podemos controlar, por ejemplo, lo que otros nos dirán o pensarán de nosotros, ni las situaciones a las que nos enfrentaremos en ese lugar que desconocemos por completo.

Pero sí está en nuestras manos investigar, previo al encuentro, cómo es la cotidianidad en ese tipo de restaurantes, qué tipo de público asiste generalmente a este lugar, cuáles son las normas de comportamiento y los códigos de vestimenta para así saber cómo debemos comportarnos y prepararnos para los posibles desafíos que enfrentaremos en ese contexto. Finalmente, podemos elegir como sentirnos, qué palabras y pensamientos usar para comunicarnos con nosotros mismos en caso de no poder evitar los comentarios y gestos despectivos de los otros, de modo que estas circunstancias no nos impidan disfrutar del momento.

2. Evaluar la información que tu asesor te proporciona​

Habiendo identificado los tipos de variables, es momento de evaluar la información que nuestro asesor nos proporciona. Él es consciente de que existen muchas variables que se escapan a nuestro control, por eso, como buen trabajador, genera un informe global de la situación, en el que reúne toda la información, imágenes, palabras (pasadas y presentes), anticipándose al futuro, con el propósito de asesorarnos acerca de qué debemos hacer y qué no, para así protegernos y resguardarnos de experimentar situaciones negativas. Antes de seguir sus instrucciones al pie de la letra y de dejarnos influenciar por el pánico, sabiendo que somos los dueños de nuestras decisiones, emociones, pensamientos y palabras, debemos tomarnos el trabajo de evaluar lo que nos dice. Para ello, es fundamental:

  • Contar con evidencia objetiva, ser capaces de revisar hechos y datos reales, examinar comentarios y sugerencias externas para determinar qué de lo que nos decimos a nosotros mismos es producto de la exageración y qué es real.
     

  • No generalizar, no saltar a conclusiones con base en una o algunas pocas experiencias de derrota, debemos dejar a un lado el pensamiento que nos dice que todos los proyectos que iniciemos en el futuro van a terminar en un completo fracaso. 
     

  • Ser sinceros, identificar, con qué contamos y qué nos hace falta, no con el propósito de frustrarnos, sino para generar acciones que nos permitan superar todas nuestras limitaciones y construir estrategias para minimizar los riesgos que suponen las variables incontrolables.
     

  • Enfocarnos en lo que es real, si bien es importante proyectarnos y pensar en el futuro, no debemos quedarnos allí y angustiarnos anticipadamente por situaciones que no han ocurrido y las cuales no sabemos si sucederán o no. 

 

3. Confrontar a tu asesor interno

Ahora que hemos evaluado la información que nuestro asesor nos ha transmitido, debemos confrontarlo y esto debemos hacerlo a partir de nuestras metas y a la luz de las posibles consecuencias de nuestras decisiones. Si tenemos claro qué queremos para nuestra vida y qué debemos hacer para lograrlo; seremos capaces de examinar si lo que nuestro asesor nos aconseja nos conduce a alcanzar nuestros objetivos, o si, por el contrario, nos desvía de nuestros sueños o nos intimida al punto de preferir no luchar por ellos.

Por otra parte, al contemplar las posibles consecuencias nos hacemos conscientes de que somos los dueños de nuestra vida y todo lo que hagamos y decidamos va a provocar una serie de efectos que solo nosotros debemos asumir, nosotros seremos los primeros perjudicados si nos abstenemos de actuar o nos desviamos de nuestros propósitos. Esto sin contar con el hecho de que estamos rodeados de personas con quienes tenemos compromisos y responsabilidades y quienes pueden resultar afectados con nuestras decisiones.

4. Asumir el mando
 

Una vez hayamos confrontado a nuestro asesor y evaluado lo que nos dice, debemos asumir el mando, reconocer que somos los dueños de nuestras decisiones y, por tanto, sin importar lo difícil y retadora que sea una situación, debemos ser capaces de retomar el control sobre nuestro diálogo interno. En este sentido, debemos preguntarnos ¿Qué información de la que nuestro asesor nos proporciona nos sirve? ¿cómo utilizar aquella información? ¿Esa situación que nos inquieta merece tanta atención? ¿cuánto tiempo le dedicamos a nuestro asesor? ¿nuestro criterio ya no es suficiente y debemos acudir a alguien más? Finalmente debemos decidir si actuamos o mejor nos abstenemos de actuar.

5. Entrenar a nuestro asesor
 

El cuarto y último paso es entrenar a nuestro asesor y convertirlo en nuestro aliado. La Fundación Acción contra el hambre (2007) y Miedaner (2002), concuerdan en que un buen asesor se caracteriza por ser amable, propositivo, dinámico, crítico y motivador, entre otros atributos que contribuyen a desarrollar el potencial de las personas a quienes asesora. En este sentido, para hacer de nuestro asesor interno el asesor ideal, él debería: 
 

  1. Ser cortés en el trato: Debe saber escuchar y hacer comentarios que no nos juzguen o ataquen pero que tampoco lleguen al punto de ser condescendientes.
     

  2. Tener una gran capacidad de análisis de la realidad: Debe ser objetivo y revisar el contexto, los hechos, los propios temores, las debilidades y las fortalezas para ser capaz de proponer acciones que transformen lo negativo en positivo.
     

  3. Motivar e inspirar: Debe ser capaz de infundirnos coraje para luchar por nuestros objetivos a través de un lenguaje positivo que “nos lleve a aumentar nuestras esperanzas respecto al futuro, nos dote de resistencia y refuerce nuestros vínculos sociales” (Castellanos, Hidalgo, & Yoldi, 2016, pág. 71).
     

  4. Tener capacidad de innovación y renovación constantes: Debe aprender continuamente, analizar su propio actuar una y otra vez para ser capaz de replantear su práctica y afinar sus estrategias para afrontar las diferentes circunstancias de la vida.
     

En consecuencia, seguir estos pasos traerá beneficios a nuestra vida en tanto: 1) Tomamos decisiones en menos tiempo y sin desgastarnos tanto mental, emocional y físicamente porque tenemos control sobre el tiempo que destinamos a nuestro asesor. 2) Disfrutamos más de los momentos de calma y recogimiento durante los cuales es más frecuente que nuestro asesor aparezca. 3) Descubrimos que muchas veces nuestro criterio no es suficiente así que nos encerramos menos en nosotros mismos y aprendemos a acudir y a escuchar personas que enriquecen nuestra vida.

Finalmente, nuestros proyectos y sueños se verán beneficiados porque construimos una visión realista de la vida sin irnos al extremo de la negatividad o de la adulación; el miedo no nos impide tomar las decisiones necesarias para lograr nuestras metas y, por último, nos volvemos conscientes de que pese a experimentar situaciones que nos hagan sentir inseguros y asustados, siempre podemos retomar el control y disciplinar a nuestro asesor para que vuelva a ser el asesor ideal, pues de nosotros mismos depende construir un diálogo interno que se convierta en el impulso definitivo para lograr nuestras metas.

Bermúdez, O. (16 de Febrero de 2016). La voz de hoy. Obtenido de Periódico digital de Rincón de la Victoria: https://lavozdehoy.com/el-habla-interna/

Castellanos, L. (2014). Educar en Lenguaje positivo. El poder de las palabras habitadas. Barcelona: Paidós Educación.

Castellanos, L., Hidalgo, J. L., & Yoldi, D. (2016). La Ciencia del Lenguaje Positivo. Barcelona: Paidós.

Fundación Acción contra el hambre. (2007). La persona emprendedora y la idea de negocio. Fondo Social Europeo dentro del Programa Operativo Lucha contra la Discriminación.

Hall, K. (2010). El poder de las palabras. Alcanza todo tu potencial a través de su significado oculto. Barcelona: Urano.

Miedaner, T. (2002). Coaching para el éxito. Conviértete en el entrenador de tu vida personal y profesional. Barcelona: Ediciones Urano.

Pérez, J. (2016). Palabras habitadas. La ciencia del lenguaje positivo en el aula. Obtenido de El jardín de Junio: http://www.iesprofesorjulioperez.es/attachments/article/376/Proyecto%20palabras%20habitadas.pdf

Rojas, L., & Suarez, M. T. (2008). El lenguaje como instrumento de poder. Cuadernos de Lingüística Hispánica, núm. 11, 49-66.

Vaz, A. (2015). Lo que un buen autoconcepto puede hacer por nosotros. Revista Iberoamericana de psicosomática. N.116, 47-56.

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