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Paula Rojas Arbeláez  | Profesional en Gobierno y Relaciones Internacionales. | 2020/14/23

¡Tome decisiones como un profesional, sin perder la cabeza!

Tomar decisiones es, sin duda, una de las acciones más temerarias que puede emprender cualquier persona, en especial, si tienes 16 años. Y es que desde esa edad, comenzamos una etapa que se intensificará por 20 años más, en la cual tomaremos decisiones definitivas que dejarán una huella para los próximos 50 años de vida: ¿me casaré?, ¿tendré hijos?, ¿compraré casa?... Así que, ¿qué tal si entramos mejor preparados a esa etapa? o si ya estamos viviéndola ¿por qué no mejoramos la forma en que tomamos nuestras decisiones? Al finalizar la lectura, espero convencerte de que es posible entrenarnos para tomar decisiones como unos profesionales, sin perder la cabeza.

La vida nos plantea el reto de tomar decisiones constantemente. Algunas veces sin saberlo, y la mayoría con plena consciencia de ello, tomamos decisiones que cambian el curso de los acontecimientos y nos dejan en una mejor o peor situación de la que comenzamos. Esas decisiones, a medida que vamos creciendo, tienen una implicación mayor en nuestro futuro y, por esta razón, convertirnos en mejores tomadores de decisiones es algo en lo que deberíamos ocupar nuestro tiempo desde temprana edad. 

<<Para nuestra mayor fortuna, nuestro cerebro tiene la gran capacidad de operar de manera rápida y automática a partir del cúmulo de experiencias y sentimientos que va almacenando con el tiempo, para responder a las situaciones de la vida diaria de forma adecuada en la mayoría de los casos>> (Kahneman, 2012). Es decir, estamos en la capacidad de actuar de forma rutinaria ante aquellas situaciones que son familiares, sin tener que detenerse a pensar de forma calculada cada paso. Desde muy pequeños dejamos de cuestionarnos nuestra rutina sobre si comemos o no, o si nos lavamos el cuerpo o no, o si cepillamos los dientes o no. Esto hace que nuestra vida sea más placentera y fácil de llevar.

Sin embargo, esta facilidad que tiene nuestro cerebro para elegir de forma automática la mejor alternativa ante situaciones que son familiares, no funciona cuando se trata de tomar decisiones estratégicas sobre nuestro futuro. 

 

¿A qué hago referencia con aquello de las decisiones estratégicas? En efecto, no estoy hablando de si nos vamos a comer el pastel que quedó en la nevera o no, me refiero a aquellas decisiones que nos llenan de nervios porque sabemos que nuestra elección nos cambiará la vida como la conocíamos hasta ese momento. Podemos concluir que son estratégicas porque, <<consumen muchos recursos, sus efectos son de largo plazo y difícilmente reversibles>> (Ackoff, 2006).

 

Seguro estás pensando que todo tiene solución en la vida excepto la muerte, como suelen repetirnos nuestros padres o abuelos, y es cierto. El asunto no es si podemos solucionar las consecuencias de nuestras decisiones; siempre podremos encontrar la manera de encausar nuestro camino. Lo importante aquí es si estamos dispuestos a asumir el costo que tienen los resultados de nuestras decisiones. 

 

Quiero que imagines la siguiente situación por un momento: tienes 25 años y has encontrado el amor de tu vida. Te vas a casar con aquella persona con la que llevas saliendo por los últimos 2 años. Durante el noviazgo has notado la poca tolerancia que tiene ante algunos de tus gustos y tus amigos. No maneja muy bien la frustración hasta el punto que cuando se enoja, te grita sin límites. Pero luego todo se arregla con unas palabras bonitas y la promesa de que nunca más volverá a pasar. También has logrado notar que tiene problemas para relacionarse con sus compañeros y amigos, pero siempre piensas ¿quién no tiene esos problemas? Así que te tranquilizas y sigues adelante.

 

Sientes cómo tu vida se ilumina con los pensamientos de pasar el resto de tu vida con esa persona. Planeas durante seis meses tu boda, invitas a todos tus familiares, incluso a la prima en tercer grado que no te cae tan bien, pero es momento de celebrar. Tu pareja y tú no escatiman en gastos y celebran la boda de sus sueños. Pasados dos años, deciden tener hijos, y es cuando llega un pequeño bebé a tu vida. 

 

Sin embargo, algunos de los matices de la personalidad de tu pareja parecen no gustarte mucho últimamente. Te recuerdan esos momentos agrios que vivieron en el noviazgo y comienzas a sentirte triste. Las responsabilidades que llegan con la crianza de un hijo y los gastos del hogar parecen no dar tregua. Es tan abrumador que, después de cinco años de matrimonio y dos de noviazgo, decides terminar la relación. El peso de tus palabras cuando pronunciaste ante el altar <hasta que la muerte nos separe> no dejan de rondar tu cabeza, pero el sentimiento de frustración y tristeza que sientes es más fuerte. Lo mejor es continuar por caminos separados.  

 

Luego viene la separación. Ya no es lo mismo que cuando eran novios y terminaban por alguna discusión que se solucionaba comiéndose un helado. No se trata solamente de estar separados físicamente, sino que deben decidir cómo se repartirán los bienes y los gastos del bebé, además de la custodia del niño. Ir a comer helado no solucionará ese problema, así que de pronto vas a necesitar los servicios profesionales de un abogado. ¿Te parece que exagero? Bueno, esta situación que suena de novela seguro se la has escuchado a algunas personas cercanas. Yo tengo un par de amigas y amigos que han atravesado esta penosa situación. ¿Su vida se detuvo después de eso? ¿Son más infelices ahora? La respuesta es no para ambas preguntas. Pero si lo pensamos en los términos estratégicos que señala Ackoff (2006), en esa decisión de casarse se invirtieron más de 7 años, contando los del noviazgo y el matrimonio. Ya no tienes 25 años, ahora tienes 32. Además recuerda todo el dinero que se invirtió no solo en la boda sino en cada detalle de su vida juntos, más la llegada del bebé. Sin olvidar que separarse requerirá de la intervención de un abogado que les cobrará por sus servicios una buena parte. 

 

Con este ejemplo quiero ilustrar que nuestras decisiones estratégicas sí son intensivas en recursos. Por tanto, para cualquier persona vale la pena convertirse pronto en un buen tomador de decisiones. Desde que tenemos 16 y hasta que lleguemos a los 36 años, se habrán tomado las decisiones más definitivas de nuestra vida. No significa que después no tomemos decisiones importantes, pero lo cierto es que a nuestros 36 años no podremos argumentar que algo nos tomó por sorpresa. 

 

Ahora bien, detengámonos a pensar cómo aprendemos a tomar decisiones en la vida. Cuando somos bebés nuestra vida es simple. Nuestras decisiones se basan en lo que nos gusta y nos hace sonreír o lo que nos disgusta y nos hace gritar. Tenemos a nuestros padres durante todo el día tratando de descifrar cómo nos divierten y evitan a toda costa nuestra furia. En nuestra niñez, los padres ya tienen control sobre nuestro comportamiento y toman las decisiones por nosotros la mayor parte del tiempo.  Nos alimentan, nos compran la ropa, nos divierten y nos llevan al colegio que escogen porque les parece bueno. Es una cuestión de supervivencia. No tenemos la edad suficiente ni la madurez para decidir por nosotros mismos. Pero a medida que vamos creciendo, empezamos a escuchar a nuestros mayores, en casa o en la escuela, decir: ¡ya tienes edad para empezar a tomar tus propias decisiones!

 

Cuando alcanzamos la edad de 6 o 7 años, comenzamos a interactuar en la escuela con otras personas que tienen sus gustos y sus propios intereses, que pueden coincidir o no con los nuestros. Allí comenzamos a ver que algunas veces debemos tomar decisiones sin la supervisión de nuestros padres. El patio de recreo del colegio se convierte en el lugar perfecto para empezar a probar nuestras habilidades para tomar decisiones. Decisiones importantes que pueden significar pasar un rato maravilloso de juego con los amigos o el peor momento del día lleno de angustia por no encontrar un grupo de niños para jugar. 

 

¿Cómo aprendemos entonces a tomar decisiones en el colegio? ¿Cómo empezamos a resolver los pequeños problemas que nos plantea la vida diaria? Para nuestra fortuna, siempre está la sabiduría popular que es trasmitida de generación en generación y nos ayuda a resolver la mayor parte de nuestros dilemas durante el crecimiento.  Conocemos que existen modelos de toma de decisiones que nos ayudan a elegir de forma rápida, sencilla, divertida y nos libran de mayores inconvenientes en nuestros juegos con los demás. 

 

Aprendemos a usar el modelo <zapatico cochinito cambia de piecito> o <cucaramacara títere fue> o <pica, pala>, y un sinfín de juegos que utilizan todos los niños, alrededor del mundo, para tomar decisiones que parecen vitales: elegir a quien le toca contar en el juego de las escondidas, o cómo repartir a los jugadores en los equipos. Lo más importante de estos modelos de toma de decisiones es que son justos, porque es la suerte quien determina la decisión. No hay a quien culpar de nada. Seguro todos recordarán cuántas amistades se salvaron en el patio de recreo porque fue zapatico cochinito el que dejó por fuera del juego a un amigo. 

 

Y no solo tenemos pequeños modelos para tomar decisiones rápidas, sino que también desarrollamos modelos de toma de decisiones que nos ayudan a lidiar con la incertidumbre que tiene pensar en el futuro. Estoy segura que como yo, muchos de ustedes también usaron las últimas hojas de sus cuadernos jugando <cuadrito>. ¿Lo recuerdan? Ese juego en el que encierras en un cuadrado la edad a la te gustaría casarte, y sobre cada uno de los laterales, incluyes tres opciones sobre las personas con las que te gustaría casarte, la cantidad de hijos que quieres tener, los lugares a donde viajarías en la luna de miel y el transporte que podrías utilizar. Para descartar las opciones, comienzas a contar según la edad que dijiste que te casarías y a medida que alcanzas esa cuenta vas eliminando las opciones hasta que solo quede una en cada categoría. 

 

Ese <cuadrito> nos daba la tranquilidad de saber con quién nos casaríamos, a dónde viajaríamos de luna de miel y la cantidad de hijos que tendríamos. A pesar de ser solo un juego, era esperanzador saber que nos ayudaba a eliminar algo de la incertidumbre sobre nuestro futuro. ¿Qué tienen de especial estos juegos? Nos ayudan a tomar decisiones cuando es difícil hacerlo. Cuando no sabemos cómo ponderar correctamente las opciones que tenemos por delante. Nos dan la certeza de saber que podemos recurrir a un modelo para tomar decisiones. 

 

Sin embargo, cuando alcanzamos la adolescencia, ni <zapatico cochinito> ni <cuadrito> parecen ayudarnos a resolver nuestros problemas ni a tomar buenas decisiones. ¿Por qué? Porque no tienen criterio. Dejar que sea el azar de zapatico cochinito el que decida si tenemos novio o no, si estudiamos para la prueba Saber o no, no tiene  nada de sentido. Ese modelo de toma de decisiones no responde a nuestro sistema de creencia e ideas.  

 

¿Qué es nuestro sistema de creencia e ideas? Es el conjunto de ideas que vamos acumulando a lo largo del tiempo, producto de cada experiencia que vivimos en nuestros diferentes entornos (Kahneman, 2012). Con la cantidad de información que vamos acumulando, más la presión natural que sentimos por los cambios que experimenta nuestro cuerpo con el crecimiento, tomar decisiones se vuelve cada vez una tarea mucho más difícil de ejecutar. Ya no tenemos modelos que nos ayuden a tomar estas decisiones. Los adultos a nuestro alrededor nos comienzan a decir que debemos aprender a ordenar nuestras prioridades y a seguir nuestro corazón para decidir aquello que más nos conviene. 

 

¿Cómo nos ayuda este consejo de seguir nuestro corazón para ordenar nuestras prioridades? Pues si te va igual que a mí me fue, estas en serios problemas. No me eran de gran ayuda. Igual seguía sintiéndome mareada cuando pensaba en todas esas decisiones que venían por delante y no sabía cómo enfrentarlas. Me preguntaba, ¿priorizar qué? Y mi corazón en ese mar de nervios no se decidía por nada. 

 

A mis 16 años, cuando tuve que tomar la difícil decisión de qué estudiar o más adelante en mis veintes cuando conocía a personas que me gustaban y comenzaba a salir con ellas, solo deseaba tener un modelo de toma de decisiones como <zapatico cochinito> que me ayudara a decidir lo mejor para mi futuro. Con el paso de los años, no sin haber cometido una gran variedad de errores, he logrado definir un modelo de toma de decisiones que me ha facilitado mi vida. Porque cuando tomamos decisiones lo que necesitamos es que con cada decisión que tomemos quedemos parados en un mejor lugar para seguir decidiendo (Ackoff, 2006).

 

Es por eso, que quiero compartir con ustedes un nuevo modelo de toma de decisiones que les sirva como guía para esas decisiones estratégicas que se deben tomar en la vida, en especial si estás comenzando ese 25% de tu vida en el que decidirás el 75% restante. Aunque lo cierto es que nunca se es tarde para comenzar a tener un modelo que nos ayude a tomar decisiones cuyas consecuencias seamos capaces de enfrentar.  También quiero ser muy clara en que este modelo no te asegura el éxito de tus decisiones, pero como lo afirman los hermanos Heath en su libro <Decídete>, <<cuando tienes un método para tomar decisiones aseguras algo mejor: la confianza de que has tomado la mejor decisión posible>> (Heath & Heath, 2013).

 

Lo primero que tendré que repetirte es que tus padres tienen razón cuando te dicen que debes aprender a priorizar. La diferencia es que no te dejaré en medio del mar con solo un pequeño salvavidas. Vamos a empezar a concretar qué significa realmente priorizar. 

 

Si revisamos la definición que nos ofrece la Real Academia Española sobre la palabra priorizar en realidad no avanzamos mucho en el concepto. Dice: <dar prioridad a algo>. Al buscar que es prioridad, llegamos a una definición algo menos confusa pero que no le aporta gran cosa al mar de emociones encontradas que sentimos cuando nos enfrentamos a decisiones importantes: <anterioridad de algo respecto de otra cosa, en tiempo o en orden.

 

En efecto, cuando hablamos de dar prioridad a algo entendemos que debemos ordenar de lo más a lo menos importante. Pero, ¿ordenar qué?, ¿cuáles cosas? Bueno, mi intención es ofrecerte un nuevo modelo para tomar decisiones que te ayude a responder de forma sencilla estas preguntas. Al principio, tendrás que tomar nota para ayudarte a resolver la herramienta, pero con la práctica y el tiempo, te convertirás en un profesional. En realidad, este modelo como cualquiera que existe para tomar decisiones, lo que busca es presionar a nuestro cerebro a pensar el mejor curso de acción para que no salte a conclusiones sin la evidencia suficiente. Como lo afirma Kanhneman en su libro <Pensar rápido, pensar lento>:

 

 <<nuestro cerebro también tiene la gran responsabilidad de construir nuestros pensamientos en forma ordenada, realizando relaciones entre hechos y situaciones de una manera más compleja que nos evita actuar bajo impulsos irresponsables y sin las suficientes evidencias>> (Kahneman, 2012). 

 

La próxima vez que te enfrentes al reto de tomar una decisión, en especial a una en la que no sepas qué es mejor para ti, piensa que priorizar significa tener claro el orden de importancia respecto a tres categorías: 

 

  • Personas.

  • Responsabilidades

  • Oportunidades. 

 

PRIMERA CATEGORÍA: PERSONAS

 

Empiezo por explicar la primera categoría: Personas. No es un secreto para nadie que las personas sí tienen un orden de importancia para la vida de cada quién. De hecho, si nos pidieran definir esa lista para nuestra familia, sería fácil decidir quién queda en el primer, el segundo lugar y así hasta terminar. Nos tomaría tiempo decidirlo, y con seguridad, algunas personas sentiríamos que ocupan el mismo espacio, pero en definitiva, sí podemos fijar dicho orden. 

 

¿Por qué esto es así? Porque desde pequeños podemos definir qué personas nos hacen sentir seguros y amados. También porque somos buenos para decidir en segundos quién nos cae bien o no, así como detectamos a quién le gustamos y a quién no. Así que podemos aprovechar esta capacidad para organizar nuestra libreta de contactos, reflexionando sobre el lugar que ocupa cada persona en nuestra vida. 

 

La pregunta clave que debemos hacernos en esta categoría es: ¿con quién necesito quedar bien? La respuesta a esta pregunta nos ayudará a inclinar la balanza en una decisión en la que no sabemos a quien debemos complacer. Y aquí es importante tener en cuenta que tú también debes incluirte en esta lista. Muchas veces sacrificamos el bienestar personal de forma desmedida para obtener la aprobación de una persona, arriesgando nuestra propia salud mental y física. Tener claro el lugar que ocupamos cuando priorizamos <personas>, nos ayuda a poner los límites correctos. 

 

Esta categoría tiene algo muy especial. Para aquellos que creemos en Dios, este es el espacio en donde decidimos qué lugar le damos en nuestra vida. En mi caso, sin duda, tiene el primer lugar. Recuerda que estamos respondiendo la pregunta con quién necesito quedar bien, así que para completar la lista es importante definir el lugar que ocupa Dios en tus decisiones.

 

En resumen, al elaborar la lista, recuerda que aquí debes incluir todas las personas que te rodean en tus diferentes entornos: familia, iglesia, colegio, amigos del barrio o grupos a los que perteneces. Y, si crees en Dios, este es el momento en que defines su lugar. 

 

¿Por qué crees que tener la lista definida es importante? Te pongo un ejemplo muy claro. Imagina que en la mañana de un día de tus vacaciones, tu mamá te pide que la acompañes a una cita médica el siguiente miércoles a las 9:00 a.m. porque no se ha sentido bien en los últimos días. Ese mismo día en la tarde, la persona con la que llevas saliendo hace un par de meses, te cuenta que ha organizado un paseo con todos sus amigos. Salen el siguiente miércoles a primera hora. Tú le mencionas que vas a acompañar a tu mamá a una cita médica porque no se ha sentido bien. Te dice que ya se comprometió y no quiere quedar en ridículo frente a todos sus amigos. Así que te dice que si lo quieres, seguro puedes dejar que tu mamá vaya con otra persona. 

 

¿Qué hacer? Parece una gran encrucijada. Tu mamá es importante para ti, pero esa es la persona de tus sueños. No quieres disgustarla. Así que decides decirle a tu mamá que mejor le pida a alguien más que la acompañe. En todo caso, las mamás siempre estarán  ahí ¿o no? Como era de esperarse, tu mamá se disgusta mucho cuando le mencionas que no podrás acompañarla para irte de paseo. Te señala lo inconsciente que eres y tu debilidad para definir qué es lo importante. Ella contaba contigo para ese momento. 

 

¿Qué harías tú? Parece que la decisión no es fácil. Pero recordemos que un buen tomador de decisiones es aquel que cuando decide queda en una mejor posición para seguir decidiendo. Con tu lista en mano, esta decisión sería más sencilla. Y si bien la lista cambia según nuestra edad y circunstancias, tenerla a la mano y actualizada te resultará muy útil. Para esta situación, mi decisión sería acompañar a mi mamá porque ella ocupa uno de los primeros lugares y decirle a esa persona especial que en esta oportunidad no puedo acompañarla al paseo. Seguro que con un futuro por delante tendremos más oportunidades para viajar. Además, en mi lista yo también ocupo un lugar importante, así que antes de complacer a otra persona quiero sentirme tranquila con mi decisión. Es seguro que si me voy de paseo, dejando a mi mamá en esa situación, me sentiré frustrada todo el paseo y tendré un ambiente familiar tenso que no me dejará en una buena posición para seguir decidiendo.  Sobra decir que mentir no es una opción porque siempre te dejará en un peor lugar del que comenzaste.

 

Ahora, pensemos en el ejemplo que mencioné al inicio. ¿Recuerdas? El de la persona que decide casarse a los 25 años después de dos años de noviazgo. ¿Para qué le serviría la lista de Personas en esa situación? Bueno, en primer lugar, le sería útil para recordar que su lista tiene más de una persona, así que su vida no gira en torno únicamente de su pareja. También le ayudaría a comprender que su lista debe tener un espacio para sí misma. No puede anteponer todo el tiempo las necesidades de su pareja. 

 

Con nuestra lista de personas ya priorizada, pasemos ahora a la categoría: Responsabilidades. 

 

SEGUNDA CATEGORÍA: RESPONSABILIDADES

 

Todos tenemos responsabilidades y lugares en donde debemos estar. Es importante hacer una lista de esas responsabilidades con las que tenemos un compromiso: la iglesia, el colegio, el trabajo, la banda de música, el equipo de voluntarios, una fiesta de amigos o el equipo de fútbol.  ¿Por qué? Porque necesitamos responder la pregunta: ¿en dónde debo estar para quedar bien? 

 

¿Cuántas veces nos hemos comprometido a estar en dos lugares al mismo tiempo? En mi caso, era algo que solía sucederme con regularidad. ¿Por qué? En primer lugar, porque no tenía priorizada la lista de <Personas>. Quería quedar bien con dos personas al mismo tiempo y terminaba quedando mal con las dos. Además, nunca respondía a tiempo la pregunta en qué lugar debo estar para quedar bien. Imagina que haces parte de un equipo de fútbol y llevas entrenado un par de años allí. Juegas de titular como defensa central y lo haces bastante bien. Tu equipo ha entrado a formar parte de un campeonato, y tienen muy buenas probabilidades de ganar. Al mismo tiempo, has comenzado a llevar una vida social muy activa. Es importante encajar entre tus amigos y estar cerca de la persona que te hace suspirar. 

 

El domingo tendrás un partido de fútbol con tu equipo y el entrenador ha insistido en lo importante de estar enfocado en las metas del equipo. Les repite una y otra vez que descansar la noche anterior y no consumir alcohol son acciones indispensables para asegurar el triunfo. Preciso, tus amigos organizan una fiesta la noche anterior al partido. La persona que te gusta estará presente y tus amigos insisten en que no puedes perder esa oportunidad por nada del mundo. 

 

Sin mucho análisis de por medio, concluyes que puedes asistir un rato a la fiesta. Olvidas las palabras del entrenador y lo mucho que confían tus compañeros de equipo en ti. Lo tienes todo bajo control. ¿Qué podría salir mal? En efecto, asistes a la fiesta y todo lo que podría salir mal, salió. Al día siguiente te presentas tarde al partido. Además, los tragos que te permitiste tomar no dejaron que rindieras físicamente durante el partido. Pierden el partido. La decepción de tu entrenador y de tus compañeros pesan tanto en tu corazón, que desearías regresar el tiempo. 

 

¿Por qué decide alguien sacrificar lo que ama, como su equipo de fútbol, por una fiesta? Porque cuando tomó la decisión no tuvo ningún modelo que le permitiera evaluar mejor la decisión. <A veces se nos aconseja que sigamos nuestro instinto a la hora de tomar decisiones importantes. Lamentablemente, nuestro instinto rebosa de consejos dudosos> (Heath & Heath, 2013).  

 

Si respondes a la pregunta en dónde debo estar para quedar bien, la respuesta depende de qué lugar ocupa el equipo de fútbol en la lista de prioridades de tus responsabilidades. Si está en los primeros lugares, al igual que tu entrenador y tus compañeros del equipo, es claro que priorizas el partido de fútbol del domingo a la fiesta de tus amigos. Con esto no quiero decir que la fiesta de amigos no sea importante, solo que cuando respondes a la pregunta de con quién quieres quedar bien y en dónde necesitas estar para quedar bien, la respuesta será clara: con mi entrenador y mis amigos del equipo. Está escrito en tu lista.

 

Ahora, estas dos etapas del modelo de toma de decisiones no estarían completas si no priorizamos la tercera categoría: Oportunidades. 

 

TERCERA CATEGORÍA: OPORTUNIDADES

 

¿A qué hago referencia cuando menciono la palabra oportunidad? A que nuestras decisiones necesitan claridad del tiempo en el que debemos quedar bien. Así es, debemos responder la pregunta ¿en qué momento es oportuno quedar bien?

 

Para identificar el momento en que debemos quedar bien, necesitamos reconocer la fecha exacta en la que tendremos que hacer algo o en la que alguna de las personas de nuestra lista demanda algo de nosotros. De nada sirve llegar tarde a un partido de fútbol u olvidar la fecha de cumpleaños de nuestro mejor amigo. Necesitamos organizar las fechas en las que debemos atender nuestras responsabilidades, para no fallar con el momento en el que tenemos que estar presentes. 

 

Te pongo el ejemplo de las pruebas de Estado. Para todos es un hecho el tiempo en el que debemos presentar estas pruebas. Es costumbre que según el calendario al que pertenezca tu colegio se presentan siempre en el mismo mes. No nos toma por sorpresa. Al igual que no nos toma por sorpresa el cumpleaños de nuestros familiares o amigos. Por esa razón, estar atentos a estas fechas es clave para decidir mejor. También es importante que revisemos cuántas veces en el año se repite ese evento. Es decir, si es de una única vez, con seguridad no querrás perdértelo.  

 

Imagina que tu mejor amiga espera que celebres su cumpleaños con ella como cada año lo has hecho. Solo que este año, hay algo diferente en ti. Estas comenzando a salir con alguien. Justo el día del cumpleaños de tu amiga, acuerdas ir a cine con esa persona especial para ti. Te sientes culpable por querer ir más a cine que pasar el cumpleaños con tu amiga de toda la vida. Luego piensas que los amigos todo lo entienden y perdonan, así que decides ir a cine y dejar para después lo de tu amiga. En tu análisis piensas que ella se sentirá feliz porque saliste con la persona que te gusta. O al menos eso hacen los mejores amigos ¿o no? Lo que sucede ya te lo esperabas, cuando por fin apareces para el cumpleaños de tu amiga, ella se siente muy lastimada y no quiere hablarte. Te reclama que la cambias por cualquier aparecido y luego te señala que podría entenderlo cualquier otro día, pero no el único día de su cumpleaños. 

 

Si tuvieras la lista de tus prioridades a la mano, podrías revisar en qué posición se encuentra tu amiga en la lista de Personas. Verías con claridad que se encuentra en los primeros lugares de tu lista y, de hecho, esa nueva persona aún no tiene una posición definitiva. Además, cuando lees tu lista de Responsabilidades, confirmarías que tu amiga llevaba planeando su fiesta de cumpleaños hace un tiempo y estaba en los primeros lugares de tu lista. Por último, la fecha del cumpleaños de tu amiga la has conocido toda tu vida y es una única vez en el año. Así que cuando revisas tu lista de Oportunidades, para ti es muy claro que al cine podrías ir el día siguiente, pero al cumpleaños de tu amiga solo podrías asistir ese día.

 

Con este recorrido, espero que te haya convencido de la importancia de saber organizar las prioridades en tu vida. Espero haber cumplido mi palabra de no dejarte solo en este camino de saber reconocer qué es más importante para ti. Con este nuevo modelo de toma de decisiones, podrás mejorar el análisis de tus movimientos y de esta manera minimizar el riesgo de equivocarte. Como lo aseguran los expertos en toma de decisiones Chip y Dan Heath:

 

<<cuando tomamos una decisión, es imposible saber si saldrá bien. El éxito nace de la calidad de las decisiones que tomamos y la cantidad de suerte que tenemos. No podemos controlar la suerte, pero sí podemos controlar la forma en que tomamos decisiones>> (Heath & Heath, 2013). 

 

Te invito a que comiences a pensar tu lista de prioridades para que no te veas tomando decisiones importantes con el modelo <zapatico cochinito> o peor aún sin ningún tipo de reflexión. Te esperan las decisiones más importantes de la vida y de seguro no querrás lamentarte tu falta de análisis y el poco interés que les diste. Recuerda que las consecuencias de nuestras decisiones son lo más pesado que debemos cargar. Es hora de dejar atrás los modelos de toma de decisiones de tus recuerdos de infancia y que empieces a tomar decisiones PRO: priorizando Personas, Responsabilidades y Oportunidades.

Ackoff, R. (2006). El arte de resolver problemas. (C. A. Ferrer, Trad.) Balderas, México: Limusa Noriega Editores.

Heath, C., & Heath, D. (2013). Decídete. Nueva York: Planeta.

Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio (Séptima edición ed.). (P. R. Editorial, Ed., & J. C. Mielke, Trad.) Debate.

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