Artículos de nuestros seminarios

Diana Bonilla | 2020/03/27

Triunfar no es un don, es una recompensa  

Mucho se habla del éxito y de las cosas que hay antes de él. Existe un sinfín de fórmulas que hablan de cómo alcanzarlo. Pero, ¿alguna vez se nos prepara para el fracaso? La respuesta es no, de hecho, pasa todo lo contrario, es un tema censurado y con una connotación muy negativa. Tanto así, que el miedo al fracaso es muy alto, a tal punto que llegamos a ir siempre por el camino más fácil, corto y seguro, pero ¿y si aun así fracasamos? ¿estamos listos para actuar en esos momentos? Claro que no, pero para esto te propongo cuatro pasos para interpretar adecuadamente el fracaso, así estarás listo para actuar bien en esos momentos. Al momento de fracasar, yo te reto a ti a tomar alternativas más desafiantes y que aprendas lecciones de vida de esas situaciones, ahí está el verdadero éxito.

A lo largo de mi vida he fracasado, debo decir que en más de una ocasión. En el año 2011 recibí el peor correo electrónico que un estudiante becado puede recibir. Su remitente era la dirección financiera de la universidad en donde estudiaba. Me notificaron que había perdido definitivamente la beca con la que había podido ingresar a estudiar sociología. Cuando terminé de leer aquel mensaje, mi cabeza se llenó de muchos pensamientos. Entre los que más recuerdo, están los siguientes: “no sirvo para estudiar ninguna carrera”, “soy un fracaso total, nunca lograré nada en la vida”. Además de tener estos pensamientos negativos, lo único que hacía era culpar a todos, menos a mí. De hecho, en ese momento yo creía que me había esforzado al máximo. No comprendía la razón por la cual perdí la beca.

A mis 19 años no estaba preparada para fracasar, no tenía la menor idea de qué hacer o pensar en ese momento. En medio de la desesperación llegué a contemplar la posibilidad de cambiarme de universidad para empezar de cero una carrera diferente. Sin importar lo avanzada que ya estaba la carrera que me apasionaba y me hacía feliz. Por fortuna, ¡esto no pasó! Pude terminar mi carrera a pesar de unos cuantos traspiés adicionales en el camino.

Lo bueno de toda esta experiencia, es que comprendí las verdaderas causas de mi fracaso. Logré dejar de interpretar que perder una beca me hacía una fracasada, no era el fin del mundo, sino un problema que podía afrontar y encontrarle una solución.  Una solución que no fuese dejar la carrera que me hacía feliz. Esa fue una alternativa bastante desesperada si lo pensamos ahora con cabeza fría, pero en ese momento parecía una opción más fácil y segura.

Ahora que ya todo pasó, me doy cuenta que el mundo no se acabó. De hecho, me empecé a preguntar cosas como, ¿por qué al fracasar empecé a interpretar cosas tan negativas sobre mí? o ¿por qué no estaba nada lista para fracasar? Después de un largo proceso de reflexión, encontré una respuesta: desde niños, nuestros profesores y padres están muy preocupados por labrar un camino que garantice nuestro éxito en todos los aspectos de nuestra vida. Por esta razón, procuran de forma constante que este camino sea lo menos traumático posible, nos facilitan todo para que acumulemos triunfos. Se aseguran de que no exista falta alguna. Gracias a esta ayuda desmedida nos han convertido en personas que “no están dispuestas a correr riesgos ni a cargar con las consecuencias de los actos” (Lahey, 2017, pág. 17). En otras palabras, no estamos dispuestos a equivocarnos, hemos configurado en nuestro cerebro una connotación negativa del fracaso. Se podría decir que el fracaso es el nuevo coco de nuestras generaciones.

Pero, ¿qué tan beneficioso resulta que nuestros profesores y padres eviten a toda costa nuestros fracasos? Respuesta corta: Ninguna. Cuando llegamos a la vida adulta, después de atravesar una infancia y adolescencia libre de fracasos, nos damos cuenta de que poco o nada nos ha preparado para el mundo real. Nunca nos enseñaron los retos que tiene vivir un fracaso ni lo que debemos hacer para sobrevivir. En definitiva, no aprendemos a reconocer las lecciones sobre esa situación ni a usarlas para triunfar en la vida.

Imaginemos por un momento algunos de los fracasos que hemos enfrentado en nuestra vida: ¿qué actitud hemos tenido? ¿Somos de esas personas que a pesar de fracasar nos levantamos, aprendemos y volvemos a intentarlo sin pensar cosas negativas sobre nosotros? Debo decir, desde mi propia experiencia, que esa no fue mi reacción ni la de muchas personas a mi alrededor, hacemos todo lo contrario.

Cuando el plan por el que trabajamos tanto y hecho lo necesario falla, nos dejamos llevar por las emociones negativas de fallar. Empezamos a pensar cosas acerca de nuestra identidad que no están relacionados con nuestros fracasos, si no soy admitido en una universidad me hace un perdedor, si pierdo una beca no sirvo para estudiar una carrera y si me dejan en una relación amorosa es porque el amor no es para mí. Con este montón de emociones y pensamientos negativos sobre nosotros, en nuestra cabeza empezamos a contemplar la alternativa de rendirnos, ¿por qué? Porque esta opción parece ser la única que tenemos y además la vemos como la más viable.

Antes de continuar, quiero contarles la historia completa sobre algunos de los fracasos que he tenido que encarar en mi vida, porque perder la beca de la universidad no fue ni el primer y único momento en el que fallé o fallaré. Nací en Bogotá hace 26 años. He vivido la mayor parte de mi vida en un barrio llamado la Cabaña en la localidad 9 de Bogotá, Fontibón, una de las más grandes. Vengo de una familia pequeña, somos solo tres en mi casa, mis papás y yo. Después de tenerme a mí, mis padres intentaron tener más hijos, pero fue algo que nunca pasó. Ninguno de los tres buscó razones ni justificaciones, solo lo aceptamos y aprendimos a apreciarlo (en especial yo, adoro ser hija única).

 

Crecí rodeada de amor y disciplina. Desde niña, mis padres me fijaron metas muy altas acompañadas del sueño de llegar muy lejos. Fui criada de una manera muy autónoma, aún más cuando de educación se trataba. El buen comportamiento o rendimiento escolar no representaba regalos o premios. Estudiar era mi responsabilidad y debía cumplir con ella usando lo mejor de mis talentos. Estudié en el colegio de los Andes durante todo mi bachillerato y una pequeña parte de la primaria. En sus mejores años, mi colegio había brillado mucho por su excelencia. Durante esos años nunca me destaqué por excelentes notas. Asignaturas como matemáticas y la física siempre fueron una batalla de nunca acabar, hasta el último día del grado once. A pesar de estas pequeñas dificultades, en el 2010 obtuve mi título de bachiller y comencé una nueva etapa en mi vida.

Suelo definirme como una mujer independiente, disciplinada y perseverante. Sin embargo, estas fortalezas fueron probadas en todas las formas posibles cuando ingresé a la educación superior. Allí descubrí la vida real y sus fracasos.

En mi último año del bachillerato, era soñadora e ingenua. Creía que, al pasar diez años, en el 2020, tendría un título de maestría en ciencia política de la Universidad Nacional de Colombia y sería profesional en trabajo social de esa institución. Todo ese plan cambió por completo, ¿saben por qué cambió? Mis fracasos comenzaron a marcar el rumbo, uno muy diferente al que tenía pensado en ese momento.

El primer fracaso que cambió mis planes fue perder el examen de ingreso a la Universidad Nacional de Colombia. En mi casa no se contemplaba una opción de universidad que no fuese una pública. Por eso, todo mi grado once estuvo lleno de cursos complementarios como preuniversitarios y preicfes. A pesar de todo esto, me presenté dos veces a la Universidad Nacional y el resultado fue el mismo: ¡RECHAZADA!

Gracias al consejo de mi profesor de filosofía del colegio, contemplé una carrera y una universidad diferente. Él me informó sobre diversas formas de financiación y becas para acceder a educación superior, algo que en verdad yo nunca había investigado. ¿Por qué? Porque yo solo me había enfocado en la Universidad Nacional. Esa conversación con mi profesor, me llenó de confianza respecto a mis posibilidades.

Aún con el miedo a los altos costos de la carrera y los retos que implicaba una universidad privada, me presenté a la Universidad del Rosario. Los buenos resultados que obtuve en la prueba SABER me hicieron merecedora de una beca en dicha universidad.  Se estarán preguntando si es la misma beca que menciono al inicio de mi historia, la que perdí. En efecto es la misma beca.

Así que no estudié trabajo social en la Universidad Nacional, como lo había soñado cuando estaba en once. Con solo 17 años ya había vivido mi primer fracaso, para el cual no estaba nada preparada. ¿Qué aprendí de este primer fracaso? No mucho, en realidad. A los 17 años, no es usual que hagamos grandes reflexiones sobre nuestra vida y todo se fundamenta en la inmediatez de nuestras acciones.

Con la alegría de haber entrado a una gran universidad, inicié mi carrera en sociología. En los primeros semestres comencé a sortear toda clase de retos académicos. Descubrí que en el colegio nunca me prepararon para presentar trabajos escritos, así que me tocaba esforzarme el doble. Iba sin falta a las monitorias de redacción de textos y pedía a mis compañeros que revisaran mis trabajos escritos para que me corrigieran. 

Cuando creía que todo iba mejor y la universidad había superado mis expectativas, llegó mi segundo fracaso: la pérdida de mi beca. ¿Por qué la perdí? El hecho más objetivo, es que perdí una materia:  Fundamentos de matemáticas. La razón más compleja detrás de esa pérdida es que siempre pensé que era culpa del profesor, porque yo pensaba que no le importaba explicar mejor para aquellos que no entendíamos su clase. A pesar de tomar cursos adicionales después de clase para entender mejor esa asignatura, no logré comprender su esencia. Para resumir, durante todo el semestre me quedé paralizada recibiendo las malas calificaciones de mis exámenes, estudiando por mi cuenta, pero nunca exploré la posibilidad de hablar con el profesor. ¿Qué me daba miedo? Sencillamente, proyectaba la respuesta que él me iba a dar, sin nunca haberlo intentado.  Me dejé llenar del miedo de otros compañeros que estaban en mi misma situación y no busqué otras opciones.

En el año2011 recibí aquel correo electrónico de la universidad notificando la pérdida de mi beca. No fue un momento fácil y todo se volvía más oscuro cuando pensaba en cómo le contaría a mis padres. Ellos confiaban en mí y estaban apostando todo para que yo cumpliera mi sueño de ser profesional. Para mi fortuna, mis padres no le temen al fracaso como yo. Cuando les llevé la noticia, me miraron a los ojos y me dijeron que de alguna manera encontraríamos el dinero para seguir estudiando.

Pasó la tormenta del 2011 y seguí avanzando en mi carrera. Pero el fracaso volvió a llamar a mi puerta, esta vez en forma de la pérdida del examen de inglés para optar por el título profesional. Un requisito que exige el gobierno colombiano a estudiantes de cualquier carrera. En el 2016 presenté por primera vez este examen y obtuve como resultado B1. ¿Qué es eso? Representa uno de los niveles bajos que utiliza este test para señalar que los estudiantes han <sobrepasado las competencias básicas, pero todavía no son capaces de trabajar o estudiar exclusivamente en inglés>. La universidad exige un puntaje mínimo de B2 para poder recibir el título de cualquier profesión. Así que perdía por primera vez ese requisito. 

 

Presenté ese examen al menos unas 10 veces. Siempre obteniendo el mismo resultado, B1. De hecho, el tiempo pasó y cuando llegué al final de mi carrera profesional, seguía sin cumplir el requisito del examen de inglés. Para ese momento, ya había terminado materias, realizado mi práctica y hasta sustentado y aprobado mi tesis de grado. Pero seguía faltando ese detalle, obtener B2 en el examen de inglés. Algo que en su momento no veía tan difícil se convirtió en una real pesadilla.  

Desde que empecé segundo semestre, comencé a estudiar inglés por mi cuenta en un instituto particular.  No tan intensivo como lo hubiese deseado, pero tenía confianza en ese momento de que ese esfuerzo era suficiente. ¿Qué podía salir mal, si yo había estudiado?

En realidad, muchas cosas salieron mal. Luego de los tres primeros intentos fallidos de obtener el codiciado B2, mi confianza estaba en el piso y mi miedo al fracaso no me permitía contemplar un examen exigente. Cuando me hablaban de exámenes de clasificación internacional como el IELTS1 o el TOEFL2 (exámenes complejos y completos pues evalúan las cinco habilidades del inglés: escuchar, escribir, hablar, leer y la gramática) me aterrorizaba.  Nunca, ni en la universidad o el instituto me atreví a hablar en las clases por más de un minuto inglés, sin sentirme la más avergonzada. 

Escribir un ensayo en español ya era lo suficientemente difícil como para ahora intentar escribir en inglés. Por ese miedo, seguí insistiendo en los exámenes que me evaluaban las competencias en las que yo me sentía confiada, es decir: lectura y gramática. Yo creía que era el camino más seguro, por eso solo presentaba aquel examen que no me exigía hacer pruebas de escritura o sostener una conversación. 

También debo agregar que, de todos los exámenes que se pueden presentar, ese examen que yo tomaba era el más económico. Si no lo pasaba no perdía tanto, o eso pensaba yo. Después de fallar en 10 exámenes y estar a punto de perder la posibilidad de graduarme como socióloga, me di cuenta que no era así. Si sumaba el costo de los diez exámenes fallidos más el de los pequeños cursos de inglés adicionales, el costo total fue mucho mayor. Además, a medida que seguía fallando, la falta de confianza se convirtió en desesperación.  

Con el miedo de depender de ese examen para conseguir mi sueño de ser profesional, seguí el consejo de una persona que me dijo que era hora de enfrentarme a un examen más riguroso, al IELTS. Decidí prepararme un par de meses, estudiando de forma intensiva y atreviéndome a hablar en inglés con mi profesor. En esos meses lo único que hice fue respirar inglés. Mis papás en casa ya estaban desesperados de escuchar audios de inglés y películas en inglés todo el día. Llegó el momento inevitable de presentar el examen que me parecía tan difícil. ¿Qué creen que pasó? Si, finalmente conseguí el anhelado B2. 

He seguido avanzando en mi vida personal y profesional, pero siempre he pensado en esos momentos como oportunidades valiosas de aprendizaje. En un proceso de reflexión minucioso que realicé sobre estos acontecimientos, me di cuenta que mis tres fracasos tenían cosas en común, puedo enumerarles tres: 

  1. Siempre creí estar haciendo lo que se supone era necesario y suficiente. 

  2. Fallé en cosas que eran trascendentales en mi proyecto de vida. 

  3. Eran situaciones inevitables e inaplazables.

¿A qué me refiero cuando digo que creí estar haciendo lo que se supone era necesario y suficiente? A que yo pensaba que había trabajado duro todo el tiempo. Por ejemplo, en la pérdida de la asignatura de Fundamentos de matemáticas, siempre pensé que asistir a las clases, así como a las monitorias, estudiar sola aquellos temas que me parecían fáciles de entender, era suficiente para pasar la materia. Nunca exploré otras opciones como hablar con el profesor para revisar otras opciones de estudio. 

 

En cuanto a fallar en cosas trascendentales para mi proyecto de vida, hago alusión a que en esos momentos me estaba jugando obtener el título profesional de una carrera que me apasionaba, además de ser el único camino que tenía para alcanzar una mejor calidad de vida personal y profesional. Sin esos logros, yo no podría tener la vida que yo había diseñado cuando estaba en once.

Finalmente, se trataban de hechos inevitables e inaplazables. Desde que ingresé a la universidad sabía que debería cumplir con el requisito de grado del examen de inglés. No me tomó por sorpresa. Yo sabía en el fondo de mi corazón que en el colegio no había hecho lo suficiente por el inglés, así que era hora de exigirme al máximo. Pero no lo hice a tiempo.

Mi historia personal me ha llevado a concluir que somos unos malos intérpretes del fracaso. ¿Por qué? Porque cada vez que fracasamos acudimos a las siguientes tres figuras para hablar de lo que nos pasó:

1.Comparación subjetiva: Empezamos a medirnos respecto a los logros de los demás en especial de aquellos que lo consiguen más fácil o rápido.

 

2.Generalización: Llegamos a pensar que fallar en un tema específico, significa que nunca lo aprenderemos ni llegaremos a hacerlo bien o a alcanzar nuestras metas, ya no lograremos nada en la vida. En otras palabras, definimos nuestra identidad respecto a un fracaso: Soy y seré un fracasado.

3.Creencias equivocadas: Empezamos a pensar que el esfuerzo no es más que una muestra de una incapacidad para alcanzar nuestras metas.  Además, por más que uno se esfuerce y se sacrifique, al final el resultado siempre va a ser el mismo. El esfuerzo pierde todo valor y sentido. Dejamos de ser críticos con esas enseñanzas negativas acerca del esfuerzo y recaemos en el imaginario negativo que describe Dweck en su libro, Mindset: La actitud del éxito, “el esfuerzo es para los que no tienen la capacidad” (Dweck, 2017, pág. 20).

Además de la estigmatización del fracaso, también nos han enseñado que nacemos con unas habilidades. Con las que no nacimos, estamos condenamos a vivir sin ellas porque nunca las podremos desarrollar.  La psicóloga social estadounidense Carol Dweck denomina este fenómeno como mentalidad fija. Dweck afirma que este tipo de mentalidad ha ayudado a que el esfuerzo sufra un cierto desprestigio en el imaginario de las personas.

A lo largo de nuestra vida se configuró en nosotros la creencia de que el esfuerzo es para los lentos, por ende, los laboriosos rara vez ganarán. En palabras de la autora “los laboriosos en raras ocasiones, cuando la gente de talento baja la guardia, el lento y laborioso puede colarse y ganar la carrera” (Dweck, 2017, pág. 53). Por eso, cuando fracasamos, de las primeras cosas que hacemos es interpretar que el esfuerzo es una pérdida de tiempo y que como nacimos con habilidades fijas, el esfuerzo no será de ayuda para cambiar esa realidad.

¿Cómo suelen pensar las personas con mentalidad fija?: Según Dweck estos suelen ser los comentarios más recurrentes: “<<Si tienes que trabajar mucho, será que no se te da bien>> […] <<Los verdaderos genios no necesitan esforzarse>>” (Dweck, 2017, pág. 54). Así se estigmatiza el esfuerzo, se le menosprecia y se convierte en algo que no es digno de resaltar en las personas. En el contexto colombiano, tenemos una palabra despectiva para referirnos a las personas esforzadas: el ñoño. Algo que convierte esta actitud (esforzarse) en indeseable, caso contrario a quienes con menos tiempo y esfuerzo logran las cosas, la gente cool, los genios o también llamados lumbreras.

 

¿Qué pasa cuando no cambiamos nuestra mentalidad hacia el fracaso? Según mi experiencia personal, aparecen tres preocupantes escenarios que pueden estropear por completo la posibilidad de tener un proyecto de vida exitoso:

1.Tomamos malas decisiones: Hacemos la misma acción que creemos es más fácil y segura una y otra vez, así tengamos el mismo resultado. También tomamos la decisión de rendirnos y dejar a la deriva ese proyecto con el que tanto hemos soñado y hemos trabajado.

2.Contemplamos alternativas desesperadas (y hasta ilegales): Entre las emociones negativas de fracasar o la premura de obtener éxito de manera fácil y corta, podemos dejarnos llevar por propuestas que no están dentro de la legalidad o hacer cambios extremos en nuestro proyecto de vida que no nos harán felices o que nada tienen que ver con nuestra visión de la vida.  Solo responden a la desesperación del momento.

 

3.Perdemos el norte: Dejamos de trabajar por alcanzar los proyectos de realización personal y profesional. Simplemente vivimos una vida sin propósito por alcanzar las necesidades básicas del día a día y no una vida que tenga sentido.

Con la desesperación que sentí de no pasar el examen de inglés una y otra vez, llegué a pensar que el problema era que yo era incapaz de aprender inglés y que ningún esfuerzo sería suficiente para adquirir esa habilidad. Todo esto me estaba convirtiendo en una persona con mentalidad fija. Qué además le aterrorizaba volver a fracasar, tanto, que estaba a punto de perder por completo el norte y olvidar mi sueño de convertirme en profesional.

En medio de mis sentimientos de frustración y tristeza, escuché en los corredores de la universidad dos opciones: se hablaba de pagar por un papel fraudulento donde ya dijera el resultado que se necesitaba o pagarle a una persona que suplantará a la persona en el examen. Por donde las miremos, eran opciones terribles, las cuales nacen de interpretar erróneamente el fracaso y de temer enfrentarse a la alternativa más retadora por miedo a fracasar una vez más. Opciones que por fortuna nunca tomé.

Pero, ¿cómo lograr esto de interpretar apropiadamente el fracaso?  Para ello propongo consolidar un proceso de aprendizaje, el cual exige que cambiemos el paradigma del fracaso; entendiendo que fracasar es como estrellarse contra un iceberg. El fracaso no es aquella interpretación superficial que primero se nos viene a la cabeza sobre las causas de nuestro fracaso. Se trata es de una exploración profunda hacia nuestro interior.

Toda la vida hemos pensado erróneamente que el fracaso es la capa visible que vemos cuando algo sale mal. Por ejemplo, creemos que es el papel escrito en tinta roja que dice rechazado o una mala calificación o hasta una foto de una estrepitosa caída. Pero como pasó con el Titanic hace más de 100 años, lo que causó la caída, fue eso que se encuentra en la parte más profunda y que pasa desapercibida. Esa inmensa roca que está debajo del agua y no quisimos ver.

Esta metáfora nos dice que esa capa oculta, que no se ve a primera vista se llama autoconocimiento.  Este es un concepto que lo entenderemos desde la definición que nos ofrece el escritor Michael Bennett, en su obra titulada “Autoconocimiento”. Bennet entiende el autoconocimiento como: “el camino que nos conduce a conocernos globalmente en todos los aspectos de la vida” (Bennett, 2008, pág. 5). Se caracteriza por ser esa parte oscura, misteriosa y profunda de nuestra vida, donde se encuentran verdades que en ocasiones no queremos descubrir y nos negamos a aceptar.

Puedo decir que en el autoconocimiento está la verdad y ¿para qué nos sirve esto?, para entender las causas que nos llevaron al fracaso y de este modo no seguir andando con suposiciones o pensamientos complacientes sobre nuestras acciones o nosotros mismos. Este es el punto de partida en el camino hacia el éxito. Conocernos en nuestros aciertos y fracasos nos llevará hacia la adecuada interpretación del fracaso. 

Antes de enseñarles mi herramienta para convertirnos en mejores intérpretes del fracaso, debemos tener nuevos y mejores comienzos. ¿Cómo?:

  1. ¡Manteniendo la calma! 

  2. Marcando ese precedente en un calendario o con anotar la fecha en cualquier libreta o diario basta (Pink, 2018). Recordar aquello negativo que nos causó tanta frustración es útil para aprender lecciones.

  3. Teniendo la actitud de la tapa ganadora. ¿Cuál? La de las gaseosas de los concursos de postobón o cocacola: sigue intentando, hasta que por fin salía la tapa que decía ¡GANASTE!

Es momento de seguir los cuatro pasos infalibles que nos convertirán en buenos intérpretes de nuestras derrotas:

 

1.Tómate el suero de la verdad: ¿A qué me refiero con esto? Debes hacer un recorrido sincero de autoconocimiento para encontrar la verdad de eso qué nos hizo fracasar. Haz una lista que enumere clara y minuciosamente todas las acciones que hiciste antes de fracasar. Luego debes evaluar todas esas acciones bajo dos criterios: tiempo y esfuerzo invertido en cada una de las acciones.  

Te debes hacer preguntas como las siguientes: 

a. ¿Te esforzaste con todas las actividades o solo las que entendías más fácilmente? 

b. ¿Cuánto tiempo invertiste? (Solo el exigido, más que el exigido o menos que el exigido). 

(Querido lector, si después de hacer esta evaluación, encuentras que tus respuestas a esta evaluación fueron: solo el exigido o menos que el exigido y te esforzaste solo con las actividades que entendías fácilmente, es momento de preocuparse). 

2.Toma la alternativa más retadora: Deja de creer que el esfuerzo es la muestra de tus incapacidades y empieza a creer que con tiempo y esfuerzo lograrás todo, así sea aquello que más se te dificulte. Deja de tenerle miedo al examen más difícil, a presentarte entre los mejores o a las más difíciles competencias. Es momento de empezar a retarte a ti mismo. El resultado será mucho mejor de lo que crees, claro está, esta opción te va a exigir mucho más sacrificio.

 

3.Sacrifícate más y mejor: La fórmula es simple pero infalible:

Tiempo + Esfuerzo = Sacrificio.

Deja de apostarle poco tiempo a eso que se te dificulta e imprímele más esfuerzo de calidad, no te conformes con el tiempo y esfuerzo que te exigen. Si es necesario, trabaja más y haz más que los demás.

4.Nunca pierdas de vista tus metas y sueños: Cuando tienes un propósito de vida, un proyecto con metas y sueños trazados, esa debe ser la brújula que oriente tus pasos y decisiones. Si te desvías o dejas de seguirla ya no sabrás a dónde tienes que llegar para alcanzar la vida que deseas, esas metas son la motivación para seguir intentándolo. 

Cuando me autoevalúe respecto a mi rendimiento en mi preparación para alcanzar el requisito de inglés, encontré que me estaba enfocando en trabajar solo lo exigido y en las competencias que se me facilitaban. Tomar un examen que me exigiera más esfuerzo y de calidad, me aterraba, pues me recordaba aquel nefasto fracaso que fue perder la beca. Sin embargo, esa autoevaluación me facilitó el proceso de analizar mis opciones y tomar la alternativa más indicada para no seguir fracasando, sin necesidad de irme por el camino desesperado.

Por su parte, el suero de la verdad me mostró que yo estaba en una carrera, la de la vida, donde no todos tenemos el mismo punto de partida. Nuestra historia de vida particular nos brinda una ciertas ventajas y desventajas. En mi caso, en la carrera por mi título universitario, me comparé con mis compañeros de universidad que venían de colegios bilingües o amaban el inglés, que toda su vida habían aprovechado la posibilidad de formarse en esta materia. Yo pretendía igualar todos esos años de estudio del inglés con menos de cuatro años de formación en cursos que no eran tan intensivos como yo necesitaba. También descubrí que el tiempo y esfuerzo en todo momento si puede acercarnos más a los demás que corren la carrera con más ventajas. 

Si en este punto aún recuerdan mi historia del examen de inglés, sabrán que solo hasta que asumí el reto del examen más complejo, me di cuenta de todo lo que se puede lograr con esfuerzo y tiempo. Pensar que las personas esforzadas son igualmente inteligentes y modelos inspiradores, es propio de la mentalidad de crecimiento, precisamente porque es el esfuerzo el que “enciende (la habilidad) y la transforma en logro” (Dweck, 2017, pág. 55). 

Las personas con mentalidad de crecimiento dejan de temerle al fracaso, toman riesgos y se retan. No se van por el camino que garantiza un breve éxito producto de tomar el camino más corto y fácil. Saben que si llegan a fallar no es el fin del mundo, todo lo contrario, es la oportunidad para aprender y poder volver a intentarlo, usando mejor el tiempo y esforzándose al máximo.    

Solo recuerda, interpreta adecuadamente el fracaso y no le temas, es un amigo que da enseñanzas. La próxima vez que no consigas eso por lo que tanto trabajaste, solo levántate y vuelve a intentarlo. Pero esta vez, aprecia el valor del esfuerzo y el tiempo (sacrificio), el que te exija la alternativa más retadora, pues ahora sabes que esta es la fórmula que te va a llevar al éxito. 

No permitas que el miedo a fracasar te haga caer en un círculo vicioso sin salida, donde una y otra vez haces lo mismo que sabes que no funciona. Todo por ver en el camino más fácil y corto, la única opción para sacar adelante aquello que se te dificulta. Por el contrario, agradece ese fracaso. Recuerda, triunfar no es un don sino una recompensa.

1 Por sus siglas en inglés: International English Language Testing System.

2 Por sus siglas en inglés:Test of English as a Foreign Language

Bennett, M. (2008). ¿Qué es el autoconocimiento? En M. Bennett, Autoconocimiento (págs. 4-10). Valencia: Ediciones i. 

Dweck, C. (2017). Dentro de las mentalidades. En C. Dweck, Mindset: La actitud del éxito (págs. 25-70). Málaga: Editorial Sirio S.a. 

Lahey, J. (2017). El regalo del fracaso: Aprender a ceder el control sobre tus hijos para permitir que alcancen el éxito. HarperCollins. Español. 

Maxwell, J. C. (2000). El lado positivo del fracaso. Miami: Editorial Caribe.

 

Pink, D. (2018). Comienzos. Empezar bien, empezar otra vez y empezar juntos. En 

D. Pink, Cuándo, la ciencia de encontrar el momento preciso (págs. 125-165).  Bogotá: Editorial Planeta Colombiana.

Fundación Santa Isabel

Km. 27 Vía Cajicá, ingreso por el parqueadero del almacén Homecenter

Email: contacto@fundacionsantaisabel.org

Teléfonos: (571) 866 0266 

(57) 301 341 3901

Pulgas de Santa Isabel
LOGO_FUNDACIÓ_SANTA_iSABEL_aplicacion_

Tus compras y donaciones se convierten en educación para cientos de niños y jóvenes de Cundinamarca.

© 2019 Fundación Santa Isabel 

  • Facebook icono social
  • Icono social Instagram
  • youtube